cómo el terror se ha convertido en el género cinematográfico más inteligente

Una nueva generación de jóvenes cineastas está respondiendo a estos tiempos difíciles con algunas películas realmente buenas.

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abr. 4 2017, 7:36am

Mia Goth in 'A Cure for Wellness.'

Las películas de terror siempre han sido una forma de examinar el mundo que nos rodea. Cuando nos estremecemos de miedo, nuestro alrededor se revela de forma diferente. Las líneas cambian y se reconstruyen conforme nuestro propio miedo ajusta nuestras prioridades, sacando a la luz aquello que realmente nos importa.

Para aislar la esencia de lo que nos atemoriza no solo debemos preguntarnos qué nos da miedo perder, sino también qué nos da miedo ver distorsionado y modificado. Durante las décadas de 1960 y 1970 se produjeron algunas de las mejores películas de terror de la historia, que hacían referencia a temas que amenazaban con desmembrar la sociedad. El resplandor, La semilla del diablo y El exorcista hacían aflorar nuestras angustias sobre la familia, dios y la decencia humana, observando los tótems morales de nuestro mundo y declarándolos caducos. Aquellas películas trataban sobre los miedos reales que las personas de la época albergaban en su interior, especialmente conforme se iban ajustando a nuevos paradigmas sociales con la invención de la píldora, la amenaza de la guerra nuclear y la caída de la administración Nixon.

A lo largo de los 80 y también en los 90, el género decayó. Aunque se seguían haciendo películas ―que generaban franquicias y alimentaban las carreras de algunos actores y directores―, eran considerablemente menos autorreflexivas. El cine de terror cada vez se sostenía más sobre recursos estilísticos, trucos y aditivos artificiales. Incluso algunas promesas iniciales como la película Scream original ―una obra maestra del metalenguaje del género― se fueron apagando a lo largo de incontables repeticiones. Se hacían chistes sobre las películas de terror ―no tengas relaciones sexuales, no seas nada excepto blanco y definitivamente no te quites la camisa si quieres vivir― conforme se convertían en juegos para sobrevivir que no presentaban ningún análisis adicional. Nuestro miedo se volvió unidimensional.

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Essie Davis y Noah Wiseman en The Babadook

Pero en años recientes ha regresado la inteligencia y la sensibilidad a este género. Hemos empezado a dejar atrás a los monstruos y los asesinos para preguntarnos qué es realmente lo que no nos deja dormir por las noches. Revisando las películas que ahora se exhiben en los cines, queda claro que, una vez más, somos conscientes del terror real que nos acecha en el mundo real. Filmes como Get Out, Crudo, the Babadook o It Follows están ahora ancladas no en nuestras pesadillas, sino en nuestros vecindarios. Extraen sus ideas de los periódicos y de las persistentes angustias que pueblan nuestras conversaciones y nos hacen preocuparnos por nuestro futuro. No recurren a miedos familiares, sino que reconocen y definen miedos nuevos.

Como tales, en 2017 estas películas han evolucionado hasta convertirse en algo más que un espejo: están iniciando y ampliando conversaciones sociales. Añadiendo nuevos elementos a los diálogos ya existentes, revelan temas que el resto de los medios solo tocan de pasada.

Quizá el ejemplo más visible y aclamado de esto sea el filme de debut de Jordan Peele, Get Out. El director ha comentado que el proyecto comenzó cuando se dio cuenta de que la película que él deseaba ver no existía. A nivel superficial podría pensarse que se refiere a su elección de crear una película de terror en torno a un protagonista negro, el personaje que, en la mayoría de películas de este género, es el primero en morir.

Daniel Kaluuya en Get Out

Pero lo que inicialmente es una inversión de papeles y un desafío a las estructuras no tarda en abrirse y convertirse en un reflejo del miedo y el peligro ―muy reales― que conllevan ser un hombre negro en Norteamérica. Los temas en torno a la violencia racial y el racismo crónico se encuentran entre los más candentes de cuantos andan en circulación hoy en día. Pero protegido por el género cinematográfico, pueden revelarse ante millones de personas en todo el mundo, ser objeto de artículos en innumerables publicaciones y ser analizados en privado hasta el infinito. Resulta difícil imaginar a ningún otro medio llevando el tema de la seguridad de los negros hasta tantos hogares, pero si se incluye en un filme de terror, la mentira de un mundo post racial se cuela en ciertas mentes que de otro modo permanecerían cerradas.

Un movimiento similar se ha realizado en torno a la cuestión del género, sin duda uno de los temas más debatidos de nuestra era. Una vez más, exponiéndolo a través del terror han surgido nuevas cuestiones y consideraciones que reavivan una conversación que amenazaba con quedarse atrás. La bruja, Crudo e It Follows han conseguido que la sangre, las tripas y la violencia sirvieran como medio para mostrar los delicados miedos que surgen al crecer y pasar de la adolescencia a la edad adulta. Mientras que otras películas acerca del paso a la edad adulta se quedan ancladas en el romance y quizá la pérdida de la virginidad (eso sí, mostrada de manera artística), aquí la violencia y el terror son las expresiones más naturales para el sinfín de ansiedades femeninas que surgen cuando las mujeres jóvenes son arrancadas del confort de la infancia. No es de extrañar que el efecto de flujo continuo de todo esto haya provocado que el título de reina de los chillidos haya pasado del ámbito de las películas de serie B a lo que supone una plataforma de lanzamiento muy inteligente para las actrices jóvenes. Mujeres como Anya Taylor-Joy, Maika Monroe y Chloe Moretz han usado las películas de terror para definirse como nuevos talentos, singulares e intensos.

Pero lo que resulta más impresionante es que esta nueva generación de filmes de terror nos ha permitido echar un vistazo al interior de cosas que no estábamos demasiado preparados para ver. Han dado forma a sentimientos que todavía no se habían transformado en pensamientos. Aunque hoy en día nos impresionamos menos de lo que lo hacía el público cuando George A. Romero rodó La noche de los muertos vivientes en 1968, sigue habiendo temas a los que nos cuesta enfrentarnos.

Maika Monroe en It Follows

La reciente ola de películas enfrentándose a la maternidad es un ejemplo de cómo el terror nos permite una vez más emplear el escudo de este género para decir cosas que de otro modo nos dejarían un regusto demasiado amargo en la boca. Criticar el ideal de paternidad es difícil, lo mismo que el miedo al embarazo o la maternidad. Pero en the Babadook somos testigos de cómo una mujer se vuelve loca por culpa de un niño difícil y de circunstancias cada vez más aterradoras y angustiantes. No todos los padres viven atormentados por un libro infantil, pero muchos se reconocerán en la fijación que muestra Amelia por aferrarse a la realidad conforme el agotamiento y la angustia deterioran su cuerpo y su mente.

De forma similar, Prevenge y Afterbirth revierten la narrativa en torno al milagro de la vida y dan espacio al auténtico miedo de llevar otra criatura en tu interior, especialmente si es una capaz de invadir y controlar tu cuerpo. Anteriormente, el embarazo y la vulnerabilidad ligada a él dieron forma a clásicos como La semilla del diablo y Alien, pero ofertas más recientes no solo tratan las ansiedades acerca de nuestro cuerpo, sino también el cambio de papeles. Permiten a los personajes femeninos cuestionarse incluso si desean ser madres y cambiar la libertad y los placeres egoístas para convertirse en cuidadoras y protectoras de otro ser.

En última instancia, las películas de terror actuales miran menos hacia el exterior y tienden más a adentrarse en la oscura realidad de nuestras vidas. Los monstruos no surgen de las turbias profundidades, sino que son partes de nuestra propia identidad que hemos permitido que se pudrieran. En 2002, Gore Verbinski adaptó el éxito de terror japonés The Ring para el público occidental. Literalmente encontró a su antagonista en un objeto extraño que aparece en la vida de la gente para destruirla. 15 años más tarde ha regresado al género con La cura del bienestar, una película que posiciona nuestra obsesión por una idea de salud prefabricada e imposiblemente pura como la amenaza definitiva. También trata sobre temas de la cultura laboral moderna y nuestra abierta disposición a dejar que nuestro deseo de "tenerlo todo" nos mate literalmente.

Alice Lowe en Prevenge

De forma similar, Get Out —que se ha convertido en un gran catalizador para hablar sobre la cuestión racial― presenta a los villanos como personas plenamente "comprometidas". Su vacío y forzado liberalismo no solo es fuente de comedia, sino también una advertencia sobre cómo el hecho de que nos camuflemos en diálogos iluminados pensando que no nos van a descubrir es el mayor de nuestros problemas. Antes de esta película, era un dilema moral sobre el que quizá solo reflexionábamos cuando alguien era denunciado en Twitter.

Para concluir, estos nuevos temas en las películas de terror hablan sobre nuestra creciente capacidad y predisposición a cuestionarnos nuestro propio mundo y no confiar en lo que vemos y oímos. No es ninguna sorpresa que una generación que ha crecido con la amenaza de las "noticias falsas" y los mensajes políticos que se enrollan como un algodón de azúcar haya desarrollado un nuevo nivel de pensamiento crítico. Cuando leer el periódico exige tener la capacidad de distinguir la realidad de la ficción y de cuestionar el mundo que se nos presenta, no es de extrañar que este nuevo grupo de habilidades para la vida encuentre la forma de introducirse en los guiones del cine de terror. Nadie podría haber hecho una película de terror mejor que una generación que ha crecido con las preguntas ¿qué es real?, ¿quién dice la verdad? y ¿somos las víctimas o los villanos?

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Texto Wendy Syfret
Imágenes vía IMDB