¿Por qué sigue incomodando el desnudo femenino?

Analizamos con algunas mujeres por qué nuestros cuerpos desnudos siguen resultando obscenos y molestos ante los ojos de la sociedad.

por Raquel Zas
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31 Julio 2020, 11:35am

El desnudo femenino asusta, por provocador y por incómodo. Y no me refiero a la fobia de Instagram por los pezones, no tengo intención de entrar en un terreno ya muy pateado y del que nadie llegó a extraer una conclusión lógica. Más allá de las normas de grandes corporaciones, el desnudo elemental sigue incomodando a la gente, abruma, en ocasiones incluso enfada. Es obvio que este tema nos tiene obsesionados, prueba de ello es el arte a lo largo de la historia. Una de las obras que más escandalizaron en su momento fue ‘El origen del mundo’ de Gustave Coubert, que muestra un imponente primer plano de los genitales femeninos. 154 años después, sigue siendo censurada por Facebook. La maja desnuda de Goya, propiedad de Manuel Godoy, tuvo su réplica vestida para que éste pudiese así burlar las estrictas normas de la Inquisición. Debajo de la versión con ropa, estaba la original desnuda. De esta forma, Godoy hacía una censura selectiva según los ideales de la persona que estuviese viendo el cuadro. Esta es una buena metáfora de lo que sigue sucediendo hoy en día: autocensuramos nuestros cuerpos según quién sea el que los mire.

¿Suena ridículo? Pues no es algo propio de siglos pasados. En 2008, por ejemplo, el Metro de Londres retiró unos anuncios publicitarios de la Venus Desnuda pintada por Lucas Cranach el Viejo por considerar que “podrían herir y ofender la sensibilidad de los usuarios del Metro”. “Herir” y “ofender” son verbos desmesurados cuando estamos hablando de mostrarnos tal y como venimos al mundo. Si nos centramos ahora en España, podemos destacar un hecho reciente de censura artística y cultural. La bailarina, coreógrafa y performer Candela Capitán formaba parte del nuevo trabajo de The 1975, en la que cada canción viene acompañada por un videoclip a cargo de un artista. El vídeo protagonizado por Candela acabó retirándose del proyecto por mostrar desnudos explícitos.

Otro ejemplo interesante de una artista española cuyo trabajo gira en torno al cuerpo y la representación de este es María Forqué, que en 2017 compartió un interesante monólogo sobre la censura de Instagram, y lo hizo, cómo no, sin ropa. El trabajo de Forqué puede resultar confuso para el que no esté familiarizado con él, pero hay un discurso sensato y combativo tras él. Para cierto sector de opinión, su trabajo no esconde otra intención que la de llamar la atención (María juega con su cuerpo desnudo en todo lo que hace, y de hecho, en sus Dj sets aparece sin ropa) e Instagram ha cerrado en varias ocasiones su cuenta, pero siempre ha tenido a un ejército de fans que la adoran y la respaldan. “Son sus propios complejos los que les impide ver la belleza del cuerpo desnudo y del trabajo que cualquier persona haga con él. Es una herramienta como otra cualquiera”, explica María.

Para María, el desnudo incomoda “porque es un tabú. No nos enseñan que es algo natural sino algo que hay que ocultar porque es malo enseñarlo. Los cánones de belleza además añaden complejos que hacen que la gente se avergüence más del desnudo y no lo quiera enseñar. Al avergonzarte de tu desnudo juzgas el de los demás. Hay que normalizar el desnudo como nuestro cuerpo, como parte de lo que somos ,como algo natural. (…) Es importante que lo aceptemos porque negar una parte tan importante de nosotros genera bloqueos mucho más profundos de lo que pensamos, no tenemos que anular nuestra sexualidad sino potenciarla. Ya ha estado silenciada mucho tiempo”.

Entonces, ¿por qué una representación de un cuerpo femenino sobre un lienzo es considerado arte pero es una vulgaridad cuando el cuerpo que se enseña es real? Desde siempre, la mujer que se despoja por sí misma de su ropa está mal considerada, pero luego el hombre la desnuda en todas partes: en el cine, en la publicidad, en los medios de comunicación. Esto no deja de ser una paradoja.

Si miramos todos los ejemplos de censura, la palabra que sale a colación siempre es la misma: la obscenidad. Es decir, el cuerpo femenino se esconde por incitar al deseo, o sea, se censura el deseo. Esto no deja de ser una forma de violencia hacia el cuerpo de la mujer. Si nos educan en la necesidad de cubrir nuestro cuerpo, nos educan en la vergüenza, en el sentimiento de culpa y en el pensamiento implícito de “que hay algo malo en nosotras”. Berta Gómez, periodista feminista y una de las fundadoras de La Fronde, piensa que el concepto de obscenidad tiene doble sentido. Por una parte, “resulta obsceno en un sentido sexual, toman nuestro cuerpo como un objeto de incitación al sexo, como si nuestro cuerpo no fuese solo nuestro sino que es una exposición para que el hombre se excite. Por otra parte, muchas veces el cuerpo nos resulta obsceno a nosotras mismas porque crecemos con un modelo de mujer perfecto en el que no nos vemos reflejadas. Te hacen sentir que tú estás ahí para ser mirada y admirada”.

Normalmente, cuando hablamos de desnudo artístico, sigue existiendo esa concepción de un cuerpo carente de connotación sexual, naif, delicado, como si fuera porcelana. Algo bello para contemplar, no para mancillar. La cuenta de Instagram de la fotógrafa Maty Chevrière —cuyo objeto principal de trabajo es el desnudo— ha sido cerrada recientemente. “Me enfada muchísimo que en algunas plataformas en Internet se tenga que censurar el pezón femenino y no el masculino. Esto quiere decir que se le está dando literalmente una connotación sexual al pecho femenino y la mayoría de veces es incluido como pornografía cuando no tiene absolutamente nada que ver”.

El trabajo de Maty podría resultar para muchos provocador e insinuante, pero mi pregunta es, ¿acaso es mala la provocación? No ha sido el acto de “provocar” la causa de muchas victorias? Tenemos que usarla como una herramienta, apoderarnos de la provocación, de la insinuación, para desmontar los mitos y vergüenzas en torno al cuerpo femenino. “Hago la fotografía que hago porque creo que no hay manera más preciosa de representar al ser humano que de la manera que vino al mundo. Cuando nos quitamos la ropa nos volvemos uno, es decir, desaparecen clases sociales, religión, educación, complejos. Es precioso”, explica Maty.

Sea como fuere, el arte ha estado, está y estará muy ligado al cuerpo desnudo. En este sentido, no pasa nada si el desnudo se considera arte, en eso estamos (casi) todos de acuerdo a estas alturas. Pero si nos enfocamos en la cotidianidad de la vida, en exponerte sin ropa en público —en especial en redes sociales—, el desnudo se asocia a alguien que solo quiere ser observado y, en concreto, por los hombres (cómo no). ¿Pero, por qué nos desnudamos realmente? ¿Estamos ejerciendo nuestra libertad cuando lo hacemos? Acudo a la sexóloga y escritora Adriana Royo para saber su opinión al respecto. “Unas buscan reivindicación, otras lo hacen por una lucha de derechos, como algo político, otras lo hacen para sentirse deseadas, por una búsqueda de validación. Lo que sí que existe es una inercia social. (…) Lo que me parece interesante es describir y analizar cómo el cuerpo y su exposición no solamente se ha vuelto una forma de narcisismo, si no de cómo esa forma de expresión no está diciendo nada más que: ‘admírame por favor, me siento insuficiente y necesito que me valides, aunque no me conozcas, da igual. Miraré los likes y sentiré que merezco ser amada’. Corta cualquier discurso político porque no hay nada detrás de ese cuerpo. Es un cuerpo vacío, un objeto. Ya no existe por sí mismo sino que existe en tanto y cuanto lo admiren”.

En este sentido, sí hay un pensamiento generalizado de que cuando una mujer se desnuda voluntariamente en redes sociales solo quiere que la miren, tan solo está reclamando atención. Pero quizás la relación en mostrarse así y tener baja autoestima es simplista, equivocada y muy injusta.  “Sí y no”, opina Adriana. “Por ejemplo, está este proyecto fotográfico de jóvenes de Rusia que lo que pretende es transgredir las leyes que prohíben las parejas sexuales no tradicionales. (…) Estos jóvenes usan sus cuerpos como fuerza, no como una oda a sí mismos para ser admirados y deseados, sino que son generosos compartiendo sus cuerpos junto con sus valores íntimos para enviar un mensaje. Un mensaje de amor. Si eso ayuda a derribar prejuicios casposos me parece maravilloso”.

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Nick Gavrilov y el Proyecto X del colectivo Generación Z muestran cómo el sexo se ha convertido en un acto de protesta contra los severos códigos de moralidad del país

Pero Royo sí que piensa que una gran masa social cuelga fotos por un tema de inseguridad. “Si hacemos las cosas para compensar una sensación de insuficiencia con nosotros mismos, entonces no hacemos más que perpetrar más insuficiencia y más narcisismos para compensar nuestra inseguridad. La sensación de significancia es lo que provoca la violencia y la agresión. Lo que provocan los juicios, las malas miradas, el odio y el maltrato.  Me parece más interesante hablar más de esto, que de si una mujer tiene poca autoestima mostrando su cuerpo”, explica Adriana.

Si ese cuerpo es, además, viejo o gordo, o tiene algún otro tipo de característica que se sale de los cánones, la cosa empeora. Porque aquí ya no produce deseo, un deseo que incomoda, sino rechazo, repulsión e incluso pena. Como si una mujer madura o gorda no pudiese ser objeto de deseo, no tuviese derecho a explorar su sexualidad y su sensualidad. Esos cuerpos también son cuerpos censurados. Quizás debemos enseñar nuestro cuerpo celulítico para educar a las niñas entorno a una anatomía realista y sana. Si no quieren mostrar esos cuerpos, tendremos que mostrarlos nosotras.

El feminismo mantiene un eterno debate en torno a esto. Hay quien lo defiende y hay quien lo considera contraproducente, otra manipulación retorcida del patriarcado. En este sentido, entendemos que todas deberíamos poseer nuestro propio cuerpo para vivir dentro de él con total libertad. Pero, ¿y cuándo pensamos que lo hacemos y estamos haciendo todo lo contrario? El problema aquí no es el cuerpo sino quién lo mira, porque nos estamos manifestando, aunque inconscientes, desde una perspectiva masculina, por y para el hombre heterosexual y cisgénero. Siguiendo esta estela, ¿es explotar tu propio cuerpo legítimo? Las redes sociales han eliminado a los intermediarios, somos nosotras mismas las que nos retratamos, las que elegimos cómo nos queremos mostrar al mundo, ¿pero realmente es nuestra decisión objetiva?

“Figuras como la Zowi”, apunta Berta, “representa al máximo el ejemplo de cómo capitalizar tu cuerpo. Ella hace lo que quiere, utiliza su propio capital sexual para su beneficio, juega con eso y le vale para su música y para su personaje y se aprovecha de ello. Creo que ese discurso es válido para ella, realmente creo que ella se empodera con ese discurso, pero no deja de ser un tema muy individualista. El caso es saber si todas esas mujeres jóvenes que se inspiran en la Zowi les sirva de verdad para algo, porque quizás carecen del poder que tiene ella, y probablemente los hombres las acaben ridiculizando y tomando como objetos sexuales”.

Sea como fuere, no podemos evitar que nos miren como les dé la gana. Como dice Lara Alcázar en este artículo del Huffignton Post, todo gira en torno al cuerpo “pues en todas las grandes religiones patriarcales el cuerpo de la mujer no se ha entendido como un todo, sino que ha sido desmembrado y reglamentado a favor de la opresión masculina: un útero para engendrar, una boca para callar, una vagna para parir, en definitiva… Un cuerpo para servir”. Por eso, cuando nos apropiamos de nuestro cuerpo, cuando lo utilizamos nosotras mismas, ofende. Y no ofende solo a los hombres, también a muchas mujeres.

Así que tenemos que ser conscientes de nuestro cuerpo, poseerlo y convertirlo en una herramienta de poder, que la provocación sea un camino para cambiar la concepción del desnudo. Porque sí, el cuerpo es político. Solo tenemos que preguntarnos por qué nos desnudamos o por qué dejamos de hacerlo: si hay una presión o una vergüenza detrás, es que no estamos actuando por decisión propia.

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