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la nueva 'twin peaks' de david lynch destruye lo que amas de la tv

Con las dos primeras series de 'Twin Peaks', David Lynch inventó la televisión de prestigio. Pero a ‘Twin Peaks: The Return’, la ha reelaborado como una telenovela psicodélica y pervertida.

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jun. 30 2017, 2:46am

Este artículo fue publicado originalmente en i-D UK.

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Kyle Maclachlan no sería un buen colaborador de Lynch si no fuera por su rostro precoz; un rostro de una belleza tan específica, totalmente americana e inmaculada —algo como la belleza de una estrella de telenovela y la de una estrella de cine juntas, genérica e inusualmente perfecta a la vez— que su sola presencia en una escena desagradable la hace parecer perversa.

"Él es —escribió Rich Cohen en la revista Rolling Stone en 1994— el chico de la casa de al lado, si ese chico pasara mucho tiempo solo en el sótano". Estando en sus treinta en las dos primeras temporadas de Twin Peaks, él es la cereza fresca en el pastel podrido, y ahora, en Twin Peaks: The Return, es una propuesta completamente diferente y más extraña, una sin un perfil tan claro y definido.

¿Y si ese mismo muchacho de la casa de al lado hubiera pasado otras dos décadas en el sótano, y si ese sótano no estuviera debajo de una casa, sino en otra dimensión? ¿Y si no fuera un sótano, sino el Black Lodge? Como el agente Cooper, Twin Peaks se dio un sabático suficientemente largo como para que su trasfondo de malicia americana se descompusiera dando paso a algo diferente, y luego reapareciera en la forma de un trastorno de personalidad múltiple.

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En su última temporada, la serie ha estado funcionando un poco como una telenovela, y en su mayor parte como un drama serial diurno que alguien podría alucinar si estuviera a la vez drogado y desempleado. Es en parte un show televisivo fascinante y serio, y en parte un caos telenovelesco y discordante. En ese sentido, se parece mucho al rostro de Kyle Maclachlan. Esto no es lo que todos estaban esperando; lo que la mayoría de los fans de Lynch había imaginado que ocurriría era un regreso un tanto obligatorio a todo lo que Peaks había inventado inicialmente, es decir, la televisión como una seria y cinematográfica forma de arte.

"Sin Twin Peaks, y su gran expansión de las posibilidades televisivas —escribió James Parker el mes pasado en The Atlantic—, "la mitad de tus series favoritas no existiría. La fascinante serie polifacética, sonora y visualmente completa, soportada novelísticamente por una estructura profunda que permea el cerebro del espectador, simplemente no existía antes de Lynch y Frost... No sintonizaste este show de la misma manera que en que sintonizaste L.A. Law or Murder, She Wrote. Lo sintonizaste psicodélicamente... listo para ser transportado. Estabas dentro, o estabas fuera: una decisión binaria... Sorprendentemente, esto se ha convertido en la norma".

Como el agente Cooper, Twin Peaks se dio un sabático suficientemente largo como para que su trasfondo de malicia americana se descompusiera dando paso a algo diferente, y luego reapareciera en la forma de un trastorno de personalidad múltiple.

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En 1990, lo que Lynch nos dio fue la extensa historia de una adolescente que fue violada y asesinada, y de un agente que fue enviado a un poblado remoto para investigar el misterio. Había elementos menos reales, y más abstractos en juego; pero en esencia, la historia era humana y terriblemente oscura. Perturbaba al espectador de la forma en que la vida perturba a los vivos. Ahora, después de True Detective y con un argumento inquietante y más oscuro , Lynch nos ha dado de alguna manera una versión de nuestro muy querido detective de Peaks más cercana que nunca al viejo estilo de la forma televisiva.

Atrapado dentro del cuerpo de un Dougie Jones —un hombre de familia apostador, infiel, altamente suburbano que trabaja para una aseguradora, y cuyo rostro resulta que se ve justo igual al del Agente Cooper—, Coop es casi catatónico. Despojado de toda humanidad y abandonado para reaprender las facultades humanas básicas, él representa el rechazo lynchiano hacia cada imagen desafortunada de la figura paterna en las sitcoms. Tiene un hijo llamado "Sonny Jim", y una esposa llamada "Janey-E". (Si te interesa encontrar un significado más profundo en ello, él representa a cada patriarca que alguna vez ha ganado un mejor puesto y una mejor familia de la que merecería: y si el ver a Coop como Dougie, casi en estado preverbal, ganando en una docena de máquinas tragamonedas y adquiriendo el apodo de "Mister Jackpots" con la alegría demente de un niño de cinco años no te recuerda a otra famosa figura paterna, te daré cuarenta mil dólares y un paseo gratuito en limusina a Lancelot Court).

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Twin Peaks: The Return es difícil de ver. Es un show con muchos más ángulos que Twin Peaks, y sus pausas se extienden en silencios sepulcrales aún más insoportables —como los silencios de las malas telenovelas, sí; pero también como las malas entrevistas de trabajo, las malas citas, y la pobre y mala redacción. Los actores por lo regular hablan como si los tuvieran ahí a punta de pistola. En una escena, el diálogo fue grabado a distancia y apenas es audible. El show tiene todos los terribles efectos que Lynch ama: sus efectos generados por computadora son como los del canal Sci Fi, y la garmonbozia, una sustancia pálida y sobrenatural que representa el "dolor y la tristeza", más bien parece crema de maíz. La cara de muñeco Ken del agente Cooper es la cara de muñeco Ken del agente Cooper, pero ahora le han agregado unas pelucas horrendas, un bronceado falso, una chamarra verde lima con un mal corte, y unas espantosas camisas con patrón de piel de serpiente. El estilo más elegante de lo mejor de la televisión moderna ha sido aplastado, por una camioneta a alta velocidad.

También es, y créeme cuando digo que esto es un cumplido, una telenovela diurna que parece haber sido escrita por un androide o un algoritmo. Otra manera de decir esto es decir que Twin Peaks: The Return se parece al futuro, es decir, extraño, caótico, difícil de entender o desentrañar, como si los alienígenas estuvieran tratando de recrear nuestra programación de antes de Peaks. En 1990, Twin Peaks era impensable. En 2017, es un excelente show promedio de culto. Lo que Lynch ha hecho para traer de vuelta la idea de Twin Peaks como un choque cultural es llegar al arte de altura a través de la baja cultura, al cine episódico a través de la telenovela y el sitcom taquigráfíco; a la televisión de prestigio a través de la pervertida lente perfectamente imperfecta de la televisión diurna.

Lo que Lynch ha hecho para traer de vuelta la idea de Twin Peaks como un choque cultural es llegar al arte de altura a través de la baja cultura.

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En el personaje de Dougie Jones, noté algunos visos de otro marido mucho menos ingenioso que alguna vez interpretara Kyle Maclachlan —Trey Macdougal de Sex and the City; un hombre que responde a una inesperada propuesta de matrimonio con un animado "Muy bien", y que piensa que regalarle un bebé de cartón a su esposa "con problemas reproductivos" es "divertido —no gracioso para carcajearse, pero divertido—". Interpretar literalmente a un blanco, anglosajón, protestante e impotente cuyos gestos son como los de un boy scout preadolescente no debería ser gratificante para un actor: el crédito por hacer que las imperfecciones en lo perfecto funcionen como una perversión creíble, a la Lynch, es todo de Maclachlan. Sex and the City fue, cualquiera que hayan sido la opinión de sus detractores, otro prestigioso programa de televisión que no siempre se destacó por su realismo. Me pregunto si Lynch alguna vez lo vio. El sueco existencialista cinematográfico Ingmar Bergman nunca se perdió un episodio; tal vez porque después de Twin Peaks, no había mucha culpa o placer en los placeres culposos de la TV.

"Para anticipar tranquilamente otra veintena continua de programas televisivos de prestigio, del tipo que ahora es omnipresente —concluye el artículo de Parker en The Atlantic, poco antes de que comenzara la nueva temporada—, parecería ser un insulto a la magia cruda de David Lynch".

"Como algo postmoderno o pornográfico —sugirió David Foster Wallace al intentar definir lo que era o no lynchiano en su naturaleza—, lynchiano es una de esas palabras tipo Porter Stewart que en última instancia sólo se pueden definir ostensivamente, es decir, conocemos su significado cuando lo vemos".

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Luego lo analiza a mayor detalle diciendo que se trata de "la deconstrucción de la extraña ironía de lo banal", que es por lo que encontrar a un insidioso monstruo dentro de la dinámica del hombre de familia de The Bold and the Beautiful, habiéndolo encontrado ya arraigado en el interior del perfecto sueño americano, es un movimiento natural.

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Con Twin Peaks, Lynch desafió al espectador a creer en la televisión como un medio digno de respeto. En The Return, nos hace temer su repetición, y su completamente falso afecto, y sus fríos valores familiares. El momento en que la muerte —un estático y onírico viaje al centro de una bomba atómica tan de pesadilla que tuve que hablar en voz alta no una, sino dos veces, para saber que permanecía despierta- pasó al aire, fue como un Episodio Muy Especial: una alucinación masiva del tipo de las que se ven en la mala televisión cuando alguien se golpea la cabeza, o se desmaya, o se despierta para encontrarse con que todo era un sueño, pero de alguna manera también fue como si estuvieras mirando al mismísimo infierno.

Ninguna hora de televisión que haya habido antes es como ésta; más aún, porque durante siete semanas hemos estado inmersos en algo que hace referencia, por extravagante y poco natural que sea, a lo familiar. Esta referenciación, creo, es pasajera. Coop vendrá y ya no será Dougie, y ya no estaremos en ningún lugar que reconozcamos, y eso se sentirá a la vez peor y mejor: la telenovela cómica de Lynch nos ha dado calma, y luego nos ha jodido y nos ha llenado de horror. Y está sucediendo de nuevo.

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Credits


Texto Philippa Snow

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