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¿por qué el mundo de la moda no puede dejar el tabaco?

El amor que siente la moda por fumar es un ejemplo más de cómo los publicistas manipulan la imagen de las mujeres para venderles algo que realmente no desean.

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may. 30 2017, 7:25am

El tabaco lleva experimentando un declive continuado desde la década de 1980. En 2013, el informe de la Encuesta Nacional Australiana de Estrategia para las Drogas descubrió que la tasa de adultos fumadores se había reducido a la mitad en las últimas décadas. Actualmente, aproximadamente un 11,9 por ciento de los adultos australianos son fumadores, en comparación con el pasmoso 42 por ciento de la década de 1960. Las cifras son incluso menores entre los jóvenes: en 2014 se informó de que solo fumaba el 5,1 por ciento de los estudiantes de entre 12 y 17 años de edad. Este cambio es comprensible si se tienen en cuenta los agresivos mensajes de la sanidad pública y las restricciones, que cada vez son mayores. Si puedes encenderte un pitillo después de ver los pulmones podridos que se muestran en las campañas modernas que incitan a dejar de fumar, primero tendrás que encontrar un sitio donde te permitan hacerlo.

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Pero no hace falta ser un experto en estadísticas para observar que nuestro interés por los cigarrillos está disminuyendo: la tendencia se refleja ampliamente en la cultura popular. A mediados del siglo pasado, fumar en pantalla era casi sinónimo de mostrar que un personaje era cool o sofisticado. Ahora lo más probable es que el personaje sea un villano, porque el tabaco significa muerte y deterioro, o el aviso de la llegada de una crisis emocional. Desde Love hasta Mad Men, fumar un cigarrillo tras otro es un hábito propio de gente nerviosa o infeliz.

Durante un tiempo pareció que la moda seguía esa tendencia. La imagen de modelos delgadas como palillos que subsistían a base de cigarrillos y café pareció perder terreno a finales de los 90. A principios de la década de 2000, Christy Turlington, que anteriormente había sido una fumadora empedernida, se convirtió en el rostro del movimiento del mundo de la moda a favor de dejar de fumar. Tras perder a su padre por un cáncer de pulmón y ser diagnosticada de enfisema en fase temprana cuando tenía treinta y pocos años, apareció en una serie de anuncios de televisión animando a la gente a dejar el tabaco. 

Era el principio de un cambio de imagen que se expandió por toda la industria al inicio del milenio. Los excesos de los 80 y el heroin chic de los 90 fueron desapareciendo conforme el estilo de vida de las modelos se volvió menos rock and roll y más madre tierra. Superestrellas como Miranda Kerr y Gisele se hicieron defensoras de la comida orgánica, de acostarse pronto, del estilo de vida activo y de la meditación. Los tabloides mostraban modelos saliendo del gimnasio a primera hora de la mañana, no de una discoteca.

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Eso fue hasta 2011, cuando la chica mala más guay de todas, Kate Moss, apareció en la pasarela de Louis Vuitton otoño/invierno —siete años después de retirarse— con un cigarrillo encendido en la mano. No solo estaba desafiando una creciente convención social, sino también la política anti tabaco del edificio. Según se cuenta, Marc Jacobs pagó alegremente la multa para ver a su musa hacer un regreso tan comentado. Pero su aparición no solo fue una declaración profesional sino también social: el modelo de "chica mala" había vuelto a las pasarelas.

La conexión entre el tabaco y la rebelión femenina está ampliamente documentada. Hace un siglo, fumar en público si eras mujer era un acto desafiante que desobedecía las convenciones sociales, de género y de clase. En 1901, un artículo en el New York Times afirmaba que las mujeres fumadoras eran "una creciente amenaza en este país". Fumar mostraba que no estabas interesada en seguir las normas de nadie y enviaba un mensaje al que las tabacaleras se aferraron inmediatamente.

Hacia el final de la década de 1920, Edward Bernays, uno de los pioneros de las RRPP, sacó provecho del movimiento de las sufragistas y animó a las mujeres a fumar durante el desfile de Pascua de 1929 como muestra de su liberación. Al día siguiente podía leerse un titular en el diario The Times que decía "Grupo de chicas fuma cigarrillos como gesto de 'libertad'". Fue un movimiento manipulador que caló en la época.

Revisando editoriales recientes de moda en los que puede verse a estrellas como Bella y Gigi Hadid o Kendall Jenner sosteniendo un cigarrillo, queda claro que el mensaje ha sobrevivido a lo largo del siglo. Un cigarrillo entre los dedos sigue siendo sinónimo de peligro y deleite de un modo que ha ido desapareciendo cada vez más en todos los demás ámbitos. El amor que siente la moda por fumar es un ejemplo más de cómo los publicistas manipulan la imagen de las mujeres para venderles algo que realmente no desean. Es un paso atrás irónico en una época en que la política de identidad y los debates sobre el género son tan comunes en esas publicaciones como los pies de foto que indican quién ha diseñado la ropa que lleva la modelo.

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Y en ningún lugar se hizo más visible que en las conversaciones en torno a las montañas de selfies fumando en el baño que se postearon después de la Met Gala. Jóvenes famosas posaron con un cigarrillo en la mano, como cualquier chica rebelde en el baño de un instituto. El único problema es que parece que la gente no se lo traga esta vez. Twitter e Instagram se llenaron de personas jóvenes ―no de padres contrariados― preguntando qué diablos estaban haciendo. Era una demostración en el mundo real de lo mucho que se ha alejado la estética de la moda de la concienciación del público.

Hubo un tiempo en que fumar era el accesorio de los rebeldes, una forma de decirle al mundo que te importaba una mierda lo que pensara. Pero hoy en día, adolescentes y jóvenes adultos por igual ponen los ojos en blanco ante una pose tan obvia. Tienen un estándar de rebelión muy diferente. No necesitan que les vendan una imagen del desafío porque ya piensan y hablan por sí mismos, sin utilizar muletas visuales para demostrar que son ellos mismos.

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Texto Wendy Syfret
Imagen vía Twitter

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