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todo lo que hemos aprendido de chloë sevigny y 'gummo', 20 años después

Con motivo del vigésimo aniversario de la película de culto de Harmony Corine, repasamos su legado y exploramos nuestra continua fascinación por su protagonista, Chloë Sevigny.

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mar. 24 2017, 8:55am
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¿Qué más se puede decir del nacimiento de Chloë Sevigny y los inicios de su vida en Connecticut, después de leer el mes pasado la pieza en el New York Times de Amanda Fortini, Going Home With Chloë Sevigny? ¿Qué más se puede decir sobre Chloë en general, que fue bautizada como "la chica más cool del mundo" en el perfil que escribió Jay McInerney en 1994 para el New Yorker y que sigue siéndolo bien pasados los cuarenta? Decir que Chloë mola es como decir que el agua empapa, o como decir que —como supuesta chica hipster graduada en arte que se encuentra a finales de la veintena— personalmente creo que Chloë es cool. Sería extraño si no lo hiciera, ya que Chloë Sevigny —como Joan Didion, el aguacate, o los filmes de David Lynch— es una de esas cosas que nos gustan a todos. Un cliché que se ha convertido en tal porque es inequívocamente placentero, o actual, o perfecto en su montaje. Ella es la versión humana de un álbum de The Velvet Underground.

Alice Hines remarcó recientemente en el New Yorker el atractivo de Chloë con una metáfora perfecta de la era electrónica: "Durante años se resistió a unirse [a las redes sociales], hasta hace dos meses, cuando un publicista la convenció de que lo hiciera. Sin embargo, ella ha sido, durante mucho tiempo, una figura involuntaria dentro de esa plataforma; su nombre ha sido etiquetado más de doce mil veces". Ella es, en otras palabras, alguien de quien hablamos pero que realmente no conocemos, lo que es más guay que ser transparente. No puedes aparecer en Gummo y que tu primera frase sea: "¡Foot-Foot, eres una perra apestosa!" y aun así mantener un aire de misterio al más puro estilo Greta Garbo. Pero aquí estoy, viendo Gummo de nuevo dos décadas después y preguntándome realmente qué pienso de la actuación de Chloë. ¿Cómo alguien se puede exponer de esta manera, y ser un enigma? 

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"Mientras pasaba su infancia, Sevigny vivía en Darien, Connecticut, un pueblo de lo más suburbano situado a una hora de distancia en tren desde Nueva York", explica Fortini en su perfil. "La casa", recuerda Sevigny, "tenía un gran arbusto en el patio delantero. Era algo así como mi lugar", dice, mientras pasamos en coche frente a las bellas casas de estilo colonial con el césped bien cuidado. "Siempre pasaba el rato ahí, debajo. Todo era muy, ya sabes…". Comienza a reírse, un sonido ruidoso y asmático, con una carcajada que señala que es consciente de lo trillado que está, de la ironía o a lo mejor simplemente la poca precisión de lo que está a punto de decir: "… idílico".

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Gummo sitúa a nuestra heroína en una escena típicamente estadounidense: el pueblo de Xenia, Ohio, que ha quedado arrasado recientemente por un tornado y es, en palabras de la crítica Janet Maslin en el New York Times, "como una película casera de un infierno post-apocalíptico". "Al principio de Gummo", gruñó, en su cruel reseña, "Mr. Korine logra la rara capacidad de mostrar lo peor de su escritura en 30 segundos. Los niños pequeños dicen obscenidades en off, la cinematografía… es astutamente rápida, artesanal y granulosa… [él] selecciona a actores no profesionales, a menudo individuos anormales a quienes el filme trata despectivamente, como la ingenua mujer que trata a su muñeca como si fuera su bebé o el cocinero albino que orgullosamente nombra a Pamela Anderson y Patrick Swayze como sus estrellas de cine favoritas".

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Si el filme tiene una narrativa, es la historia de dos chicos jóvenes que matan gatos y después los venden por su carne. También hay un hombre que prostituye a su hermana discapacitada. Es, en el lenguaje de hoy en día, un filme "problemático". Chloë interpreta a una chica rubia cuya hermana también rubia aparece de diversas maneras: poniéndose cinta aislante en los pezones, paseando con un chico adolescente con déficit de atención por una pista de tenis mientras lleva un bañador con estampado de tigre y después nadando en una piscina bajo la lluvia con un chico que lleva orejas de conejo. 

"Crecí con el cine", dice Korine. "Buster Keaton cambió mi vida. Me di cuenta de que había algo inmensamente puro [en el cine], que poseía un tipo de belleza trágica que no había visto antes y que era terriblemente conmovedora y grandiosa". Esta fijación por una noción equivocadamente idealizada de la "belleza trágica" nos ayuda a entender muchas cosas. Gummo es tan maravillosa, acertada y poética como ofensiva. El filme es un desastre; como las cejas decoloradas de Chloë, un hermoso desastre. La amas incluso cuando te tapas la boca con la mano por la preocupación.

Ahondando en el tema de la belleza, Sevigny dijo a un entrevistador en Indiewire: "Gummo es un film difícil con el que muchas personas no están seguras de cómo deben relacionarse. Es una película asombrosa, divertida y graciosa. Pienso que es una película hermosa, tiene un aspecto bonito y todo eso. A todas las personas que conozco que la han visto les ha encantado". Harmony la filma desde la admiración, como filmaría un hombre de veinte años a la chica con la que está obsesionado. Quizá no habría ninguna diferencia. Un libro escrito por el crítico Charlie Fox y titulado This Young Monster (Este joven monstruo), incluye un gran ensayo sobre ello (entre otras cosas): "Gummo, Chloë y Harmony". En él, Fox describe la película como "poesía enmarañada… en extraño equilibrio entre lo aterrador y lo embriagador", mientras que Chloë es "una Jezabel drogadicta". En la escena más famosa de su personaje, mece su cabeza y se pasa la lengua por los labios, a cámara lenta, mientras se escucha a unos niños cantando una canción de Buddy Holly en un casette desgastado. Y por muy extraño que suene, es una escena muy típica de Hollywood en su invocación del glamour, aunque visto a través de la lente de lo siniestro.

Fotograma de 'Gummo'

No puede evitar estar guapa, porque es guapa. Ella es Chloë, nacida en Darien, incluso aunque no le importe verse bonita. Y aquí tiene algo brillante, por no decir algo fuera de lo común. Puedes sacar a la chica de Connecticut, pero no puedes sacar a Connecticut de la chica. Y tampoco le puedes quitar lo cool, que se ha ido forjando tras haber trabajado en la revista Sassy, haber vivido en Brooklyn y saber exactamente dónde ―como Jay McInerney escribió una vez― se pueden comprar "un par de sandalias chinas de malla por dos dólares" en Chinatown. Puedes llevar a una chica a Xenia, Ohio, y decolorar sus cejas; la puedes llevar a escoger su propio guardarropa cool a una tienda de segunda mano como si se estuviera vistiendo para Ricki Lake, Jerry Springer, Jenny Jones o Sally Jesse Raphael —¡Socorro! ¡Mi Estrella de Cine Quiere Vivir en una Autocaravana!— pero no puedes convertirla en miembro real de esa subclase estadounidense. 

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Colocar a Chloë en Gummo, con todas sus personas "reales", solamente hace que todo tenga un aspecto irreal. Trata de explicarle a una de aquellas personas "reales" a qué se refería Jay McInerney cuando nos decía que "ver a Chloë leer una revista de moda te hace pensar en Alexander Woollcott devorando una langosta de 5 kilos, o a Casanova desvistiendo a una sirvienta". No son tan tontos como para no saber, aunque pudieras pensarlo. Es más probable que sean suficientemente inteligentes como para saber que no significa nada, o para que no les importe. (En una escena, un joven salvaje le pregunta a otro: "¿alguna vez has comido una crêpe suzette?". Resulta extrañamente conmovedor).

Los actores, por supuesto, tienen que saber fingir que son diferentes a sí mismos. Interpretar a alguien que es absolutamente tu opuesto es todo un reto. Acabamos creyendo que Julia Roberts, la estrella del cine, es Julia Roberts la madre soltera, siempre y cuando todos los demás actores parezcan también estrellas de cine. Gummo realmente no puede tildarse de fantasía. Hay momentos en que apenas puede llamarse ficción. Verla después del resultado de las elecciones de Estados Unidos, 20 años después de su lanzamiento, resulta inquietante. Y mira, aquí también estoy siendo una turista: una comentarista inglesa echando un vistazo a lo más profundo de Estados Unidos, tal vez al "Estados Unidos de Trump", y suponiendo que a alguien le importa lo que pienso, aunque sea lo más mínimo. La cinta es de alguna manera tierna y perturbadora al mismo tiempo, que podría ser lo que pasa cuando un genio de 23 años se pone a dirigir.

Chloë Sevigny en 'Gummo'

"Nací como Harmony y es extraño porque cuando era pequeña me molestaban tanto que a los 13 años cambié mi nombre por el de Harmful", dijo Korine a Roger Ebert en Cannes en 1995. "Pensé que era un nombre más fuerte, por lo que me lo cambié legalmente. Y después, no sé, simplemente no parecía encajar, así que… legalmente mi nombre aún es Harmful, pero pensé que regresaría a Harmony". Es un cambio abrupto al más puro estilo Sevigny: ahora me ves, ahora no me ves. Una musa puede ser una mentora disfrazada y no es del todo imposible que Korine sacara algo de la extraña estrategia de su antigua chica de ensueño convertida en colaboradora: sabemos tan poco sobre su vida real como sabemos sobre la de ella. "Es algo grandioso, que alguien sienta que puede sentirse inspirado por ti", dijo a The Guardian en 2010. "Y no necesariamente pienso que se trate del hombre 'arrebatando' algo a la mujer. Puede suceder en ambos sentidos, ambos pueden estimular, emocionar" (el artículo después la llama "atractiva", mi descripción favorita de una mujer bella).

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"Me llevo dos cosas del artículo [de Jay McInery en el New Yorker]", añade. "Una suscripción de por vida a la revista y un vestido de goma de Helmut Lang". Lo cual, tenemos que admitir, es muy Chloë. Podrías regresar a Connecticut con ella, de la manera en que Fortini lo hizo, y aún así no llegarla a conocer jamás. 

Viendo Gummo en 2007 en un DVD pirata con la portada en tailandés, no fui lo suficientemente observadora para ver que lo único que Chloë Sevigny personifica es a Chloë Sevigny. Una extraña figura discordante en Xenia, Ohio, pero igualmente inusual en Hollywood. Y toda una mujer. En 2015, publicó en Rizzoli un libro de fotos de ella misma con una portada de tela, por supuesto que sí. "Muchos fotógrafos han cometido el error de tratar de hacer que Sevigny se vea guapa o bonita", explica Hines en esa entrevista del New Yorker. "Ninguna de esas fotos se incluyeron en el libro. Lo que sí se incluyó fue una foto de Sevigny fumando un cigarrillo en el plató de Gummo, con las cejas decoloradas; una foto de su graduación de secundaria el año en el que se rapó la cabeza; cartas de fans de la época en la que fue becaria en Sassy; y un folleto de la boutique de culto dedicada al rave Liquid Sky".

En una página del libro, aparece una imagen de Chloë junto al encabezado "NOT NORMAL" ("ANORMAL"). Nosotros, los fans, te podríamos haber dicho eso. ¿Por qué otra razón siempre pensé que el Kansas de Dorothy —del Mago de Oz— era un lugar de Connecticut?

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Texto Philippa Snow

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