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fútbol y moda: de david beckham a cristiano ronaldo

El tándem que componen moda y fútbol es un fenómeno impensable hace veinte años que hoy en día se ha convertido en una aplastante realidad. La misma que ha visto cómo una de las componentes de las Spice Girls se ha convertido no sólo en icono de moda, sino también en prestigiosa diseñadora, o cómo una heredera rica y con dudoso gusto ha conseguido ser portada de la revista de moda de mayor tirada en Estados Unidos.

La mayoría de los futbolistas de élite internacional cuidan su imagen como si fueran modelos y, en algunos casos, todavía mas. David Beckham, uno de los más famosos del mundo, es el primer caso de icono global en el que su profesión originaria ha quedado en un segundo plano con respecto a su afición. Beckham puede con todo: lo mismo se pone unos vaqueros y una camiseta que un traje a medida confeccionado por algún eminente sastre de Saville Row o un chándal cuando le toca darle al balón. No hay modelo masculino que en estos momentos haga sombra a David Beckham: él ha sido el primero en hacer de un hobby -la moda- su profesión.

Con el nuevo paradigma creado por los futbolistas de la generación Beckham y por sus sucesores, los consumidores heterosexuales se han despojado de antiguos complejos que asociaban el cuidado de la imagen y la higiene como características personales asociadas a la homosexualidad.

 

El británico es uno de los principales culpables de que los hombres de este nuevo siglo se arreglen y cuiden su imagen. También lo es de la popularización de las enormes gafas de sol, de los gorros de lana en pleno verano o de la depilación masculina extrema, una nuevo arquetipo estético que ha calado hondo. Cada una de sus apariciones públicas supone un impacto tan grande para el resto de los mortales que con ellas ha conseguido catapultar a firmas como Cavalli en su época tronista de Hombres, Mujeres y viceversa, al Gucci de Tom Ford o incluso a Giorgio Armani tras ceder su imagen para una línea de ropa interior. No se sabe muy bien cómo, pero Beckham lo consigue. Sus cambios de peinado y de color de pelo, sus vaqueros raídos, sus americanas con camisetas o sus cinturones blancos son y han sido la mejor campaña de marketing global que se recuerda en lo concerniente a moda masculina desde los tiempos de Richard Gere y Armani en American Gigolo.

Las marcas de lujo son muy conscientes del valor publicitario que los astros del balón tienen para un público al que hasta hace unos años poco menos que ignoraban. Hablamos del hombre heterosexual, cuya realidad está lejos de los amaneramientos habituales de los diseñadores y de los lánguidos e imberbes modelos. Antes, las prendas no llegaban a su clientela objetivo. En cambio, con el nuevo paradigma creado por los futbolistas de la generación Beckham y por sus sucesores, los consumidores heterosexuales se han despojado de antiguos complejos que asociaban el cuidado de la imagen y la higiene como características personales asociadas a la homosexualidad.

A los futbolistas se les presupone un estilo de vida sana, cuerpos atléticos, mentes bastante prácticas y “vidas tranquilas”. El verdadero éxito de las marcas de moda masculina ha sido descubrir que a los hombres que consumen moda no les interesa parecer lo que ellos consideran un mamarracho de calcetín con chanclas o un yonqui pasado de rosca salido directamente de los noventa, sino ofrecer prendas “respetables” con un puntito de extravagancia, mucha mesura y grandes puñados de normalidad. Clasicismo de padre en cuerpo de adolescentes.

Puede que Cristiano e Irina hayan conseguido camelarse a esa parte de la humanidad que se desvive por tener un cuerpo musculado, se depila las cejas con hilo, y es adicta a los logos y a los tratamientos de keratina. Sin embargo, todavía les queda un largo camino hasta convencer al resto de los mortales.

 

Beckham abrió la veda y trae él vinieron otros jugadores igual o más atractivos a los que la aventura de la moda les salió picona. Su relevo lo ha cogido Cristiano Ronaldo, la superestrella mediática cuyo estilo, al menos de momento, parece mucho más cuestionable. Las gafas de sol tamaño xxl han sido el único hito de su carrera como modelo y su marca CR7 simboliza una imagen exhibicionista y llamativa, que parece pertenecer a los años en los que la metrosexualidad campaba a sus anchas en nuestra sociedad.

Tras muchos años a pie de cañón, el matrimonio Beckham ha conseguido alcanzar un estatus al que estos momentos parecen aspirar Cristiano Ronaldo y su novia, la modelo Irina Shayk. Pero no les será fácil. En cierta forma, puede que Cristiano e Irina, que ya han protagonizado portadas en revistas de moda, hayan conseguido camelarse a esa parte de la humanidad que se desvive por tener un cuerpo musculado, se depila las cejas con hilo, y es adicta a los logos y a los tratamientos de keratina. Sin embargo, todavía les queda un largo camino hasta convencer al resto de que Cristiano puede llegar a ser un referente de estilo. Hoy por hoy lo que parece claro es que su actitud es más atractiva para sus seguidores que cualquier marca que le pongan encima.

Imitar el estilo de Beckham es como imitar el estilo de Naty Abascal, casi una misión imposible. Ambos poseen ese no sé qué que les hace irresistibles a todo tipo de personas y que ellos mismos han conseguido equivocándose, utilizando la moda y cayendo en peligrosos baches de hits pasajeros. Todo un aprendizaje que ha desembocado en un clasicismo perenne en el que ambos se encuentran muy a gusto.